Siempre me queda la duda de cómo debería de planear, si desplegando las alas o empleando mi abanico de afiladas plumas. Si digo la verdad, preferiría dejarme llevar por el ensueño, como si viajara a merced del viento y descendiera dibujando círculos por el cielo. Pero no se me permite soñar, todo el mundo me pide que diseñe planes, que mi programa se aferre abiertamente a lo concreto. Siempre digo que, tanto si planeo en el cielo como en la tierra, todo viene a reducirse a un diseño. Aunque no voy a negar que, puestos a planear, de los dos diseños me atrae mucho más el primero, por que sé que, bajo la tutela del viento, el resultado será irrepetible y tan efímero que nadie se atreverá a enjuiciarlo. Sin embargo, en los diseños que se obran en tierra firme, todo acaba por remitir a un plan, algo demasiado trivial para quien se mueve por el aire. No tiene ningún misterio esbozar el plano sobre el que actuarás, cuando tienes todos los caminos a la vista. Aparte de los planes, los planos y los planeos, la gran diferencia está en donde nos movemos, si por arriba o por abajo. En un caso basta con flotar, en el otro hay que explorar. En ambos casos existen sin duda riesgos, pero desde arriba sabes al menos que nadie te impone un objetivo, que planear significa renunciar a la determinación, que planear es extender las alas y, con los ojos bien abiertos, aprender a caer, porque de un modo u otro todo el mundo sabe volar.
sábado, 25 de noviembre de 2017
Planear
Siempre me queda la duda de cómo debería de planear, si desplegando las alas o empleando mi abanico de afiladas plumas. Si digo la verdad, preferiría dejarme llevar por el ensueño, como si viajara a merced del viento y descendiera dibujando círculos por el cielo. Pero no se me permite soñar, todo el mundo me pide que diseñe planes, que mi programa se aferre abiertamente a lo concreto. Siempre digo que, tanto si planeo en el cielo como en la tierra, todo viene a reducirse a un diseño. Aunque no voy a negar que, puestos a planear, de los dos diseños me atrae mucho más el primero, por que sé que, bajo la tutela del viento, el resultado será irrepetible y tan efímero que nadie se atreverá a enjuiciarlo. Sin embargo, en los diseños que se obran en tierra firme, todo acaba por remitir a un plan, algo demasiado trivial para quien se mueve por el aire. No tiene ningún misterio esbozar el plano sobre el que actuarás, cuando tienes todos los caminos a la vista. Aparte de los planes, los planos y los planeos, la gran diferencia está en donde nos movemos, si por arriba o por abajo. En un caso basta con flotar, en el otro hay que explorar. En ambos casos existen sin duda riesgos, pero desde arriba sabes al menos que nadie te impone un objetivo, que planear significa renunciar a la determinación, que planear es extender las alas y, con los ojos bien abiertos, aprender a caer, porque de un modo u otro todo el mundo sabe volar.
lunes, 20 de noviembre de 2017
Mínima 302
Vivir varias vidas una detrás de otra parece ser estimulante, renovador; vivirlas simultáneamente resulta siempre confuso, agotador.
miércoles, 15 de noviembre de 2017
Quizá
Me voy dando cuenta de que cada vez soy más propenso a hacer afirmaciones a la sombra del «quizá». Quizá eso signifique algo. No lo sé bien, o quizá sí, pero en cualquier caso ahí queda la duda.
sábado, 11 de noviembre de 2017
Mejor las llamas
Leyendo a algunos comentaristas de la actualidad, me quedo asombrado por el tono belicista con que se pronuncian. Su deseo no es otro que, en nombre de una turba nostálgica, cerrar la boca, a poder ser manu militari, a una parte importante de sus conciudadanos. Apaciguar es abandonar, proclama un titular, de donde cabría deducir que el objetivo nunca puede ser la paz cuando ya se cuenta con un enemigo bien enfilado. Debe ser mejor recurrir a la disuasión intimidatoria que la fuerza otorga o, por qué no, ir al choque para ganar su sumisión y así poder extirpar con tino quirúrgico el mal de raíz. Es lo bueno que tiene este remedio, que uno se ahorra el tiempo muerto entre conversaciones y consultas y el ingente gasto en bálsamos y medicinas, sobre todo cuando sabe que cuenta con el favor de la espada y que tiene amaestrado el mazo de la justicia. Ninguno de los comentaristas tiene el cuajo de afirmarlo, pero debemos suponer que a esas acciones punitivas les seguirá un consenso general, gracias al cual renacerá la convivencia en su versión más alegre y desenfadada. Y sobre todo prevalecerá el orden, mucho orden, un orden litúrgico, casi funeral. Según su animoso parecer, por razones de fuerza mayor todos estamos obligados a dar un paso al frente, puesto que quienquiera que pretenda discutir hegemonías asentadas e históricas (reconvertidas en democracias para la ocasión) lo que nos está imponiendo es la guerra. Tanto agitan con ese tono su pluma que cualquiera diría que están prontos a ser llamados para actuar con las armas en primera línea y que esa ansia incontenible por sobreponer la fuerza legítima a cualquier otra razón los ennoblece. Pero no. Ya lo tenemos visto. En cuanto llegan las llamaradas, como no saben sostener ni un cubo de agua, estos ardorosos atacantes desaparecen.
viernes, 10 de noviembre de 2017
Lo mismo y lo distinto
Enfrentando la actual positividad de lo igual a la tradicional negatividad del otro, el pensador coreano Byung-Chul Han recala en una afirmación bien certera sobre los males que aquejan al cuerpo social: «El signo patológico de los tiempos actuales no es la represión, es la depresión. La presión destructiva no viene del otro, proviene del interior». Esta será la tesis capital que sostendrá en su opúsculo La expulsión de lo distinto. A su entender, ese germen destructivo no provendría necesariamente en la actualidad de la violencia del otro sino que se consumaría en uno mismo a través de la expulsión de lo distinto. «Un sistema que rechaza la negatividad de lo distinto desarrolla rasgos autodestructivos», viene a a afirmar a continuación, poniendo de ese modo en evidencia la carga de violencia que lleva implícita la aceptada positividad de lo igual. Lo tremendo de estas disquisiciones es que acaban reflejándose y teniendo consecuencias directas para nuestra vida. «El terror de lo igual alcanza hoy todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto. Los medios sociales representan un grado nulo de lo social». Es evidente que esa pérdida de penetración social da lugar a un repliegue a lo que llama el bucle del yo. A la hora de rastrear las causas de este comportamiento se percibe la aparición de fenómenos bien recientes como la interconexión digital y el auge de otros anteriores como la socialización del consumo. Mucho se podría hablar de sus consecuencias, pero, a efectos vitales, lo importante es que no se puede tener propiamente experiencia sin experimentar la negatividad de lo distinto, algo difícil cuando «la comunicación global solo consiente a más iguales o a otros con tal de que sean iguales». El régimen comunicativo que impera supone una creciente cercanía de lo distinto y una pérdida de la distancia que alimentaba su negatividad. La sustitución de la cercanía por la lejanía conlleva la extensión de lo mismo a costa de lo distinto, lo cual afecta directamente a esa fuerza vital que nos anima. «Cercanía y lejanía están entretejidas. Una tensión dialéctica las mantiene en cohesión. Esa tensión consiste en que es justamente lo contrario de las cosas, lo distinto de ellas mismas lo que les infunde vida. Una mera positividad, así como la falta de distancia, carecen de esta fuerza vivificante. La cercanía y la lejanía se median dialécticamente igual que lo mismo y lo distinto. Ni la falta de distancia ni lo igual contienen vida.»
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Mínima 301
Sigo teniendo fe en la risa, pero sé bien lo peligroso que es pecar de risueño. Genera uno tantas risas y tan falsas que no tarda en perder su fe.
martes, 7 de noviembre de 2017
Los iluminados
Nuestros encuentros con la luz siempre dan en claroscuros y nos conceden momentáneamente algún relieve. Pero es cierto que entre nosotros hay también excepciones notorias, hay gente que se presenta dotada de su propia luz. A estos se les ve radiantes, tanto que resultan peligrosos de mirar. Eso no les retrae, se saben iluminados y se sienten destinados, con desigual éxito, a sobresalir y guiar por el buen camino a los demás.
sábado, 4 de noviembre de 2017
Inversión artística
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| James Welling, 4776 (2015) |
viernes, 3 de noviembre de 2017
Retracto
Retractarse. Un verbo sin duda complicado, y de moda. A la autoridad, es decir, a quien detenta esa primacía que la violencia le concede —a través del pueblo o a costa de él— así como al poder constituido que emana de ella, no suele bastarle con que alguien pillado en falta se explique. Exige perentoriamente que se declare equivocado, para que así se ponga de manifiesto quién ostenta la verdad. Si miramos bien, lo que hace esa exigencia es arropar al poder con el lustre de una dudosa verdad, pues la retractación no se extrae generalmente del insumiso por la fuerza de la lógica. Para entender la mecánica, entremos un poco más en cómo se llega a ese punto. Cuando un fiscal exige la retractación, no está buscando explicación a un comportamiento, tampoco desea dejar abierto a debate y buen juicio lo sucedido. En otras palabras, tiende a prescindir de los hechos. Busca simplemente la sumisión, de tal forma que el detenido se inculpe y admita públicamente su desvarío. Y ahí tenemos un segundo verbo complicado, inculparse, el segundo en la línea demoledora. Podría pensarse que la inculpación a uno mismo ya supone un reconocimiento de los hechos, pero el fiscal que sigue esa línea siempre irá más allá. En realidad, los hechos le importan poco, lo que le importa es que esos hechos derivan de una conducta evidentemente sostenida por un criterio peligroso para su orden social. Dice un fiscal de aquí cerca, a propósito de los hechos de los que hoy hablan todos los periódicos: «Si hubieran dicho que aceptaban la Constitución, a lo mejor alguna cosa habría cambiado». ¿Cambiado qué? ¿Los hechos, las interpretaciones, las calificaciones penales, la petición de treinta años de cárcel? Su tarea no parece otra, pues, que derribar el muro intelectual y moral con que el insumiso salvaguarda su conciencia personal. En ese sentido, la siguiente medida consiste en pasar a considerarlo reo, carne de cárcel (antes fue de tormento), con la violencia moral que eso supone. Para el fiscal, en cualquier caso, esa violencia es consecuencia natural de la resistencia moral que el reo opone al orden que él mismo representa. Ante este continuado choque con la firme conciencia del reo, el fiscal dirá que es preciso restablecer el orden de las cosas, cuando en realidad su obsesión es ordenar conciencias e intentar que se reconozca su superioridad moral como agente de la autoridad. Por tanto, al reclamar retractaciones, parece que al agente acusador del tribunal no le importa tanto pasar por encima de los hechos si eso sirve para centrarse más en el reo y sus convicciones. De algún modo un sistema judicial que ampara a un agente como éste tiene un serio problema, pues parece no haber conseguido liberarse de la vieja manía de doblegar al reo en vez de juzgarlo. En la actitud de ese agente se intuye claramente una abierta disposición a imponerle al reo, de no mediar retractación, los más grandes sacrificios, sin reparar en abusos y sevicias por supuesto. Para entender en qué términos nos movemos, pensemos lo curioso que resulta que un cronista comente la situación procesal señalando qué conveniente hubiera sido para los procesados, antes de convertirse en reos, ofrecer algún gesto de arrepentimiento y conversión a la doctrina constitucional. Como el proceso se torna de repente moral, es evidente que la acusación fiscal busca sin miramiento como último objetivo una rendición moral. Eso puede significar que el reo debería retractarse de sus convicciones y seguidamente inculparse de cualquier hecho que resulte conveniente a efectos del proceso. Y esto nos lleva al tercer y último verbo complicado, acatar, porque acatar lo que desprecia es lo que se le exige, lo cual viene a ser tanto como pedirle que renuncie a sí mismo, una exigencia vergonzosa, más fácil de imaginar, digámoslo con claridad, en un tribunal inquisitorial. Sería más propio, pues, que nuestro fiscal tomara para la ocasión el hábito de los dominicos o de los franciscanos, y que se ofreciera a rememorar vestido con él el papel de ilustres figuras como Torquemada, Landa o cualquiera de la larga saga de inquisidores, para traer hasta el presente y mostrar en pleno siglo XXI y en toda su crudeza una tradición que no está dispuesto a dejar perecer.
sábado, 28 de octubre de 2017
Disgusto por las sentencias
Toda sentencia es taxativa; sólo algunas demuestran ser justas, pero lo peor es que casi ninguna necesita ser inteligente.
Hoy toca aguantar
Permaneces pegado a la pantalla, pasas de un diario digital a otro, lanzas de vez en cuando una ojeada a las televisiones, esperando noticias ante la inminente catástrofe que presientes está pronta a llegar. Oyes más allá, en otra esfera, gritos de alegría, zumbido de altavoces y el vuelo sordo del helicóptero. Es verdad, en otro tiempo ya hubieran sido cañonazos, gritos desgarrados y detonaciones secas. Armados con el micrófono, los periodistas se muestran ebrios de entusiasmo y sobrados de noticias. Todo parece hoy digno de ser registrado: un discurso, el clamor de la multitud, el ambiente efervescente, los lemas y canciones, los asomados a los balcones, los que levantan sus brazos enarbolando varas o banderas, el turista atónito con su plano en mano, los guardias ante la fachada con gesto adusto y el pulgar enganchado al cinturón. Son momentos apasionantes, se sincera un periodista en pantalla sin poder ocultar su terrible y enfermiza emoción. Uno tras otro, todos ellos, se sienten radiantes ante el privilegio de estar ahí, de vivir esta jornada única. La atmósfera, dicen, se advierte más cargada y poderosa, porque la tormenta está prácticamente ahí. Son tantos los fuegos encendidos, que debe ser difícil sustraerse a todo ese ardor y a la épica homérica. Algo distinto es lo que desde fuera observas. No adviertes épica alguna y lo que presumes es una jornada más dramática que soberbia, no demasiado prometedora, pero sin duda histórica. Sigues frente a la pantalla. Embutidos en el decorado de colorines, los que se dicen analistas se enzarzan, con palabrería vana, en trifulcas sin sustancia, como ridículos polichinelas. Nunca estuvieron ahí para calibrar consecuencias y ahora, ya sin disfraz, claman por medidas urgentes, exigen que entren de una vez las tropas. Mientras unos miran extasiados a la luna, otros se desfogan con arengas llenas de resentimiento y desprecio, se reafirman en sus acusaciones y marcan con absoluta desvergüenza los objetivos a batir. Está pronto a sonar el olifante y a empezar la caza mayor. Mientras tanto, en las imágenes de calle todavía ves el escenario invadido por figurantes transidos, prestos a concederse un sueño y a retener, para cuando todo se esfume, este segundo de gloria, esta minúscula parte del día en que se sintieron dueños de su destino, del año en que rozaron el techo azul con sus manos, del tiempo en que la voluntad de ser parecía hacerlo todo posible. Esos son los términos evanescentes, casi filosóficos, en que responden los manifestantes a las preguntas ansiosas de los reporteros. Cuando vuelven al grupo, cantan y aplauden frenéticamente, al tiempo que se mueven como ilusionados Supermanes, con una capa barrada detrás y una estrella anudada al cuello, tan grande que les estrangula y les hace perder la cabeza, que les impulsa a corretear como niños por la plaza, intentando inútilmente levantar el vuelo. Sigues mirando la pantalla y piensas que tarde o temprano llegará el momento en que lamentes haber seguido mirando, cuando sabías que estaba a punto de caer el telón y detrás de él el mazo soberbio, dirán que justiciero.
jueves, 26 de octubre de 2017
Muchas palomas para tan escasa paz
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| Fotos: Leila Jeffreys |
De izquierda a derecha tenemos: 1) Paloma de Nicobar (Caloenas nicobarica), originaria de las Islas Nicobar en el Índico, 2) Paloma apuñalada (Gallicolumba luzonica), originaria de la isla Luzón en Filipinas, 3) Tilopo soberbio (Ptilinopus superbus), originaria del Sur de Asia y de Australia, 4) Paloma esmeralda (Chalcophaps indica), originaria del Sur de Asia y Oceanía, 5) Tilopo magnífico (Ptilinopus magnificus), originaria de Nueva Guinea y Norte de Australia.
Esperando la clave
Cada momento guarda celosamente su misterio. Una y otra vez abro los ojos y miro atentamente para abrirme paso en él. A simple vista todo queda fijado como un suceso repentino y anodino. De haber sabido un poco más, quizá no me hubiera sorprendido y hasta puede que lo hubiera reconocido como un hecho previsible. Ahora ya es demasiado tarde. Nada conservo de esa imagen fugaz. Ha sido el destello cosa de un momento y no he podido seguirle el rastro. Como si se hubiera escondido. He tenido sin duda un momento de lucidez, pero lo único que sé es que el misterio sigue ahí agazapado. No me queda más remedio que mantener los ojos abiertos a la espera de que la claridad resurja otra vez. Mientras espero ese sobresalto, calladamente observo y aprendo, aunque sigo sin entender qué hace tan necesario e insistente el misterio. Sospecho que por mucho que estudie seguiré atrapado en el tiempo y sin conseguir librarme de ese permanente misterio que se esconde tras cada momento.
miércoles, 25 de octubre de 2017
Mínima 300
Es frecuente ofrecer con muchas palabras pocas ideas, cuando lo deseable sería despertar muchas ideas con pocas palabras.
martes, 24 de octubre de 2017
Amurados
Todo muro es de algún modo la constatación de un fracaso, la manifestación de un temor y un evidente signo de impotencia. Lo chocante es que exhiban este signo de impotencia quienes ostentan la mayor potencia económica. Probablemente no entienden que de este modo nos señalan con bastante claridad cuáles son los límites de su poder. En este punto la historia se repite. Todo empieza cuando se denomina bárbaros a los que habitan más allá de las fronteras, de quienes además se presume un sinfín de extrañas costumbres, de maniobras militares y de planes de asalto. No había necesidad de resguardarse de ellos mientras había de por medio barreras naturales tales como mares, cordilleras o desiertos. Pero todo cambia cuando se escoge un territorio accesible. La delimitación del territorio mediante mojones o vallas parece un asunto menor, es como una cuestión de propiedad, cuando la comparamos con el levantamiento de un muro. Elevar la apuesta, y generar una reacción adversa frente al extranjero, es lo que sucedió en China con la Gran Muralla, pero el método ha llegado, pasando por el viejo muro de Adriano o el mucho más nuevo de Alemania, hasta nuestros días. Su construcción siempre ha sido impulsada por las autoridades con el señuelo de que un muro inabordable es el mejor modo de aislarse y protegerse de cualquier visitante incómodo. Los ejemplos que hoy tenemos son diversos: está el muro de Cisjordania, las vallas cortantes de Hungría y Melilla y, cómo no, en un futuro esos muros que se proyectan para cerrar por completo la frontera mejicana.
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| Exhibición de prototipos de muro desde el lado mejicano |
Estos muros americanos han dado lugar los últimos días a unas noticias, que serían cómicas sino mediara el drama que imponen a migrantes y refugiados. Crear fronteras siempre ha sido costoso, pero un nuevo y sorprendente factor se incorpora ahora a esos proyectos. El resultado debe ofrecer seguridad, esa sigue siendo la premisa básica. Pero ahora se intenta dotar a esos muros de cierta estética. Se nos dirá que no están exentos de ella los castillos dispersos por media Europa y que también las cárceles son objeto de un diseño escrupuloso del que no se excluye la belleza. Sucede que discutimos sobre la calidad del telón de fondo, cuando deberíamos estar más pendientes del drama que se representa ante él. No sabría decir si lo que se intenta es que toda esa monumentalidad, ese diseño y esas hechuras nos impresionen al punto de hacernos olvidar ese drama. Nos enteramos, en la noticia, de que esa construcción será objeto de concurso; algo que no nos sorprende, porque entendemos que está en la lógica administrativa. La sorpresa llega, y es a lo que iba, al ver erigidos, en medio del llano y a escasos metros de la frontera mejicana, 8 prototipos de muro para que en buena lid compitan y puedan ser observados por todos los estadounidenses en las telenoticias. La idea es proclamar ganador al prototipo que reúna mayores virtudes en cuanto a materiales, seguridad y estética. Produce estupor y vergüenza que se jalee la dolorosa eficacia y la estúpida belleza de un muro. Más que un muro lo que va a surgir es un hito continuado, mientras dure, y una vulgar ofensa a la concordia y también a la inteligencia.
Doctor, tengo un problema
En otros tiempos me dediqué a los problemas, así genéricamente, pero en muy diversos frentes. Creo que serán muchos los que podrán decir lo mismo. Porque, en realidad, ¿quién no ha crecido y convivido con los problemas? Nadie. Los problemas están en todas partes, nos rodean y no pocas veces somos parte integrante y decisiva de ellos. No queda bien decir que si desapareciéramos, a algunos les ahorraríamos un tremendo o no tan tremendo problema, aunque sea cierto. Pero voy más bien al hecho de que los problemas son de una naturaleza tal que se asemejan a un elemento enormemente fluido y expansivo dentro de la realidad, a algo que se cuela por todas partes como una especie de insidioso gas.
De todos formas, por aclarar un poco, en esto de los problemas conviene distinguir tres momentos decisivos. Aparentemente, el primero debería de ser la generación. Cuando el contexto está perfectamente estructurado, generar problemas es algo parecido a un truco de prestidigitación: ocultar lo decisivo mientras se muestra parte de lo que le rodea con el fin de entretener y despistar a quien lo busca. Conozco bastante bien este juego, basado siempre en la combinatoria, la nominación, la asociación, la sustitución y otros medios, que al igual que las manos deben siempre moverse ágilmente sobre el tablero para forzar un período de perplejidad y a ser posible de reflexión. He redactado montones de problemas y, para quienes desconozcan el asunto, confesaré que el juego es bastante estimulante por lo creativo y sobre todo por la ventaja que uno se atribuye sobre quien está condenado a resolverlos. Por tanto, la generación ofrece cierta satisfacción y adorna con un ribete creativo a sus autores, que de algún modo se presentan como los brillantes depositarios de la ansiada solución.
Vayamos ahora a un momento un poco más interesante. Se trata de la detección del problema. Volviendo a los contextos estructurados, tal género de actividad es mucho más exigente que la anterior, de la que se distingue con claridad. Hasta el punto de que nadie en esos ambientes confunde un problema, donde es preciso desbrozar el alcance último de las definiciones y la dirección en que obran las inferencias lógicas, con la mecánica que abre la puerta de salida a los ejercicios. En principio, nadie debería confundir obtener un resultado con hallar una solución, porque la partida se juega en tableros bien distintos. No obstante, todo tiene su proporción. Seguramente a quien se ejercita echando mano de un libro, donde hay un catálogo de casos, todos ellos variantes, con vistas a lograr desarrollar su intuición para buscar la salida, el reto le parecerá problemático. Por otro lado, los ejercicios propuestos tienen sus grados que actúan como peldaños necesarios, no tanto de cara a obtener una solución o método general como a mejorar la destreza de quien se ejercita en la búsqueda de caminos. Por tanto la detección apunta como final a una solución general, a un método contrastado que permita no sólo la solución sino, a poder ser, la práctica disolución del problema.
Estaría por último el momento que a todos parece más decisivo: la solución. Una vez más, empezaré por los contextos más regulados y cerrados. Ahí solucionar no es muy diferente de resolver y resolver viene a significar encontrar o descubrir. Esto entronca con una larga tradición que coloca siempre al final del descubrimiento dos ofertas sustanciosas: el camino correcto a alguna clase de más allá doméstico o ese objeto extraordinario que permanecía oculto y a la vez a la vista de todos. Cuando atendemos a la tradición, solucionar aparece, pues, ante nosotros como hallazgo, bien sea de la vía milagrosa o de la piedra filosofal. Claro que en la tradición matemática las cosas suelen ser mucho menos deslumbrantes. Ahí la solución puede consistir en algo tan prosaico como encontrar un enlace entre dos áreas tenidas por independientes o dar con un enfoque que revolucione y obligue a ver qué nuevas sombras proyecta todo lo que se tenía por conocido. En todo caso, su gente es muy consciente de que cualquier solución es una pausa, una oportunidad de mirar, y quizá entender, y nunca un punto de llegada, porque hay incluso motivos para dudar de que estemos en algún sitio o que lo podamos detectar.
Y ahora llegaría lo que yo quería comentar, entrando en el ámbito en que me quería desenvolver. ¿Qué sucede con esos tres momentos decisivos en contextos menos estructurados? Pues que, si las cosas tendían a confundirse en los regulados, se comportan mucho peor aún en los no regulados. Voy introducir casos más que recrearme en un debate que se prolongaría demasiado. Veamos, para empezar la creación y la detección del problema prácticamente suelen confundirse. En medicina, por ejemplo, la creación de patologías quiere responder a la detección de problemas, pero en el fondo todo el mundo sospecha que esto último responde más a una estrategia comercial, por lo que lo primero resultaría ser artificial. Esa misma estrategia comercial es la que actúa en otros ámbitos aún más abiertos o menos científicos. Caso concreto: el nuevo y revolucionario colchón es la solución idónea para dormir, para nuestra espalda, para nuestros huesos,.., justo porque partimos de un problema de insatisfacción. Parece, por tanto, como si actuáramos en el orden inverso, en el que la solución precede al propio problema, que resulta con ella detectado. Esta línea es la explotada por la publicidad, que busca mostrarnos, con toda clase de argucias, que tenemos un problema aunque ni siquiera habíamos sido capaces de detectarlo, no digamos ya de expresarlo o formularlo. No habiendo conciencia del mismo uno debería preguntarse si lo que sentimos merece el tratamiento de problema y corresponde emplear una metodología similar a la de los problemas propios de los ámbitos cerrados. Donde las cosas se muestran más difusas es en el tramo final. De hecho la solución en los casos que ahora consideramos no aparece nunca, no hay lugar para el equilibrio formal que se da al solucionar en una estructura, porque todo está sujeto aquí a una dinámica mucho más vital. Pongamos el caso de los medicamentos. Son presentados como antídotos al problema clínico, a su expresión patológica, pero ¿representan de veras la solución? Con el humano de por medio ese término resulta siempre excesivo. Podemos hablar quizá de cierta satisfacción. Sin embargo, esa satisfacción no sólo es transitoria — mucho más que las soluciones clásicas—, sino que sube y baja en cuanto a grado en función de factores que casi nunca se contemplan al comienzo de la ecuación médica.
domingo, 22 de octubre de 2017
Votos
Poli era un tipo veterano, de modales antiguos y lacónico en palabras. Destacaba a la vista por su talla y su figura casi ciclópea, pero de cerca imponían aún más su oscuro ceño, su gesto estreñido y su fétido aliento. Tuerto del ojo derecho, lo fiaba todo al izquierdo. Vivía solo en un caserío recóndito, donde aún había espacio para su temperamento áspero, hosco, salvaje. Como cada tarde, se dispuso a bajar al establo para darles una vuelta a los animales. Oyó entonces un ruido, presintió algo extraño. De manera que nada más ver al chico aparecer sonriente por la puerta del corral, con una gallina bajo el brazo, le cortó el paso y se encaró con él. Aunque tampoco andaba sobrado de vista, Poli creyó reconocer al Ulises, así lo llamaban. Supuso que con su mirada estrecha pero incisiva ya se lo estaba diciendo todo, o al menos lo suficiente, pero se acercó un poco más para dejárselo bien claro. Luego tuvo la sensación de que algo tenía que decirle con urgencia para mostrarle a las claras su enfado. «Hago votos», comenzó a mascullar muy lentamente, «para que un día alguien te dé un buen par de hostias». El robagallinas le miró aliviado; esperaba sin duda algo peor. Mientras tanto el ave, que las veía venir, salió de escena volando precipitadamente. Quizá el hondo silencio posterior indujera a error al pícaro intruso. Quiso creer que aquel ogro se conformaría con mascullar en tono contenido su íntimo deseo de sacudirle. Con todo, dejaba abierta, o así lo entendía, la oportunidad para que, si alguien, algún día y en algún lugar distinto, le volvía a pillar en las mismas, le zumbara. De todas formas, la cosa no parecía que iba ser para hoy. Así que pasó el astuto Ulises a posar frente al ogro como un pobre arrepentido, con la idea de salir del paso, para correr después, en cuanto tuviera ocasión, a recuperar la gallina. Poli, sin embargo, no debió de ver lo mismo, o sea que ni pobre ni arrepentido. Como además vio que el mangante se había achantado tan pronto, aunque entre dientes aún sonreía, y como vio que era tan poquita cosa, prácticamente un mequetrefe, sin mediar palabra se abalanzó sobre él. En su cabeza acelerada y tremenda sólo había sitio ya para arremeter y dar así curso solemne a los votos antes proclamados. El caso es que aún estaba el Ulises mirando cómo la gallina desnortada correteaba a su alrededor, cuando Poli le lanzó al cuello su brazo siniestro y lo sujetó contra la pared. Desplegó después con temple ceremonial, como un orate desatado, su brazo diestro y se quedó entonces quieto por un momento, enviando un suspiro, casi un vendaval, al cielo. Necesitaba firmeza y perdón, o quizá más firmeza que perdón. Lo que es seguro es que alguna licencia intuyó allá en lo alto, porque dejó bascular su remo según la voluntad divina. Y fue así como confirmó y religiosamente cumplió con sus anunciados votos, a mano abierta, en tanda doble y bien sonora, y todo a plena satisfacción. Tras verse liberado de su compromiso, Poli dejó ir, aún en caliente, al abatido muchacho. Al ver a su vez la gallina que las tornas habían cambiado, renunció a escapar con el mozo a la aventura y con un ágil salto encontró cálido refugio en los brazos resolutivos de su dueño. Éste, siempre tan sobrio, le pasó la mano por la cresta todavía temblorosa y para acabar de calmarla, como no era de muchas palabras, desbordante de ternura, ensayó para ella un tímido cacareo.
Sobre la voluntad colectiva
Es difícil reconocer la voluntad colectiva entre el flamear de tantas banderas. Algunos encuentran atractivo verlas ondear, porque dicen que dotan de cierta épica a una marcha, convirtiendo a sus participantes en un sólido bloque al que todos reconocen como un pueblo, una afición, un ejército o una tribu. Esta apreciación unitaria lleva a cometer soberbios errores o, por decir mejor, a innegables errores de soberbia. Para quienes no bajan la vista de esas alturas tan olímpicas apenas existen los que quedan y caminan en resignado silencio a la sombra de tanta bandera. Cada cual es libre de levantar la suya, lo malo es que con ello nunca busca representarse a sí mismo sino aunar en torno a sí otras voluntades banderizas. Esto hace sospechar que, contra lo que muchos dirigentes piensan, esa suma de voluntades no es demasiado consistente. A lo sumo impresionará, según sea el número que agrupe, como una voluntad firme y correosa, pero, insisto, es más porosa de lo que parece. La experiencia nos dice que esa voluntad única no suele tardar en desmoronarse, a menos que surjan desde las cuatro esquinas cuadrillas, que con correajes y disciplinas, recojan más o menos amistosamente las banderas espontáneas y obliguen a todos a desfilar tras el estandarte, encuadrados en rectángulo o en rombo y presentarse como una amenazante punta de lanza. Quienes quieren hacer valer esas voluntades individuales como fuerza activa, saben que esas incursiones disciplinarias acaban siendo más importantes que las proclamas que los encuadrados invoquen. Porque lo cierto es que sin esos amarres la voluntad colectiva es tornadiza, dado que, más allá de su poder y número, el colectivo carece de discurso. Es verdad que en algún momento todos sus componentes viven una sensación plural, que se extiende como un benéfico contagio y se adueña del escenario. Todo se torna entonces magia y efervescencia: hasta el individuo más medroso se ve en escena convertido en un titán. Despierta, no obstante, cuando entiende que ante el peligro, ante otra voluntad opuesta, sólo puede responder con sus limitadas fuerzas.
Sin duda, la expresión de la voluntad colectiva es mucho más elocuente, aunque menos vistosa, cuando encuentra eco en una urna. Pero aun ahí no deja de ser difusa. La elección de una opción partidista por un colectivo de electores, por ejemplo, tiene tantos matices, que presentar el favor obtenido como muestra de la voluntad común, tal y como cualquier partido hace, es de una arrogancia sin límites. Si esto es así cuando median los números, qué decir de esos otros recuentos a vuelo de pájaro de plazas y avenidas llenas de color. Nadie va a negar que, como mínimo, cada uno de los presentes en la calle manifiesta con su asistencia su voluntad de apoyar solidariamente un lema, un deseo, una petición. Globalmente esas voluntades encuentran en ese lugar un espacio y una fuerza evidentes, pero un acontecimiento como ése no constituye por sí solo un discurso manifiesto. Esas situaciones representan más bien a la multitud en busca de un discurso por el que ser reconocida. Y no habiendo más que número y no un discurso, es decir una articulación planificada de razones e intenciones, nadie debería pensar que en ese acto se está encauzando una voluntad única. En realidad el discurso es siempre individual y ahí lo ponen otros, que intuyen cuál es el momento justo para sacarlo adelante y usar, en préstamo (los más extremistas creen que en propiedad), toda esa fuerza colectiva. Entienden que la presencia o el voto es un apoyo incondicional, la expresión de una voluntad libre y personal y que ellos son los intérpretes con su discurso de una voluntad general. Con esto dan su discurso por refrendado a través de la voluntad colectiva. Cuando luego llegan las medidas políticas concretas, cuando existe desacuerdo o se observa arbitrariedad, ellos apelan a la voluntad aprobatoria del colectivo que ahora encarnan desde en la tribuna institucional. En este sentido hemos visto demasiados abusos, como para que vayamos pensando en activar algún otro ejercicio de voluntad colectiva. Si tal cosa es posible, nuestra voluntad debería ser exigencia y servir, más que para aupar voluntades individuales y dominantes para controlarlas. Si en verdad hay algo que encuadrar, ya no será a las personas para que desfilen entre banderas, sino a quienes dejan ver en su discurso una intención y una voluntad de hablar en nombre de todos para actuar luego a título personal.
sábado, 21 de octubre de 2017
Araos a millares
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| Bandada de araos en los acantilados de Hornøya, Norte de Noruega Foto: Øyvind Pedersen, 2017 Sony World Photography Awards |
Chillidos de araos, en islas Treshnish (Escocia),
Grabación: A. Carter
viernes, 20 de octubre de 2017
La lógica de la piqueta tremendista
Tomo de uno de esos fondos de reptiles, donde se comentan las noticias en los diarios digitales: «Actualmente, cualquier independentista confeso es un golpista, y por ende, está más próximo al terrorismo que a otra cosa». En paralelo, percibo que, gracias a la vigilancia implacable desarrollada por la prensa patriótica y los órganos del Estado, se empiezan a retirar posibles beneficios públicos y a negar subvenciones a quienes se han manifestado para cuestionarlo. Como mínimo serán estos tachados de disolventes, por haber ejercido simplemente su libertad de expresión. Ya tenemos, pues, al disolvente convertido por vía administrativa en apestado, en número oscuro de una lista creciente, en figura amenazante para el orden, que pomposamente se blinda como constitucional. De igual modo, vengo observando cómo la Fiscalía de ese mismo Estado empieza a considerar el ejercicio de la rebeldía cívica como un acto de sedición y a ver cómo se tilda a sus practicantes de auténticos insurgentes. Aunque grave, es esta una calificación que empieza a ser aplicada sin vergüenza ni desmayo, con el fin de amedrentar al apestado, siempre en medio de una calculada ambigüedad legal y donde los indicios casi siempre son flexibles. Podemos suponer que esos indicios son los mismos que pronto servirán para imputar al disolvente y apestado como inductor del desorden, como patrocinador del tumulto, como cómplice necesario del delito o como enaltecedor del terrorismo. A poco que revisemos ese progreso, esa ilación agravante, vemos que ha ido avanzando con el paso de los días ante la gravedad de la situación política. Sin embargo, lo que de verdad ha avanzado no ha sido la gravedad de la situación sino la de las imputaciones, en ningún caso movidas por la lógica. Este avance y este descarte son triste prueba de que los discursos entrecruzados son ya inútiles para el entendimiento y de que en ellos ni la lógica se salva.
Lo peor de todo es que ese cierre del discurso, se realiza con absoluto desprecio de la razón, al hacerse con bastante frecuencia uso de argumentos falaces. El más común de todos es ese en que la acusación lanzada a la otra parte es tan desproporcionada y terminante que invalida cualquier posible explicación del conflicto. Hace años se acuñó ese truco como argumentum ad nazium. Con el tiempo ha pasado a ser una figura retórica bastante común, que se emplea con ánimo de descalificar actividades o ideas que el argumentador considera absolutamente reprobables. Por ello no duda en apelar y asociar de manera oportunista los hechos observados con la conducta de los nazis. Desde un punto de vista lógico, esta asociación constituye una reducción del argumento, una falacia con la que se ofrece una mera opinión descalificadora como si fuera una conclusión evidente. Al tiempo que se escamotea la verdad, se impone el estigma descalificador, demonizando como terrorista o nazi al opositor. Ese estilo de argumentación, pese a su evidente tosquedad y al engaño que conlleva, sigue funcionando a pleno rendimiento cuando se trata de presentar ante la opinión pública a los disidentes como verdaderos monstruos, aunque no hayan roto en su vida un plato. La creación de una galería de antihéroes parece ser una forma de proceder a todas luces rentable, pues tiende a agrupar de inmediato a los más ingenuos y sumisos en torno al poder del Estado. Por otra parte, nadie en ese mismo Estado muestra demasiado interés en rechazar el abuso del lenguaje, señalando la distancia existente entre la conducta nazi y las manifestaciones de estos disconformes. Ni siquiera jueces y fiscales son capaces de renunciar a este tipo de tremendismo calificativo, por más que con él se avasallen los hechos y se proyecten además sobre los mismos unas sombras tan largas que ni el juicio posterior consigue despejar. El acusado queda tan estigmatizado, que aparece en la sala, bajo el peso de descalificaciones monstruosas, como un presunto culpable. Es terrible prescindir de la lógica y caer en la arbitrariedad procesal, pero es no menos terrible ver a la lógica convertida en instrumento para impulsar esa clase de escaladas descalificadoras o, peor aún, en mera excusa para imputar graves delitos y aniquilar a los disolventes.
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