jueves, 21 de agosto de 2014

Mi descubrimiento


El descubrimiento, que debería ser un modo de poner en evidencia y desentrañar algo para que quede a la vista de todos, ha pasado a tener universal significado a través de la autoría y la fecha en que se produce, por lo que su divulgación pasa a tener carácter memorial y el testimonio documental es visto como un acta de legítima apropiación. Cada vez es más frecuente el caso paradójico y hasta ridículo en que lo que se descubre no es algo complejo, enmarañado o falto de evidencia sino una cosa bien evidente. En tales casos el descubrimiento, con la publicidad que lo patrocina, viene a ser una maniobra gracias a la cual lo arrinconado, pero bien conocido por muchos y ahora redescubierto, pasa a tener dueño y patente. Si esto pasa con el redescubrimiento de lo evidente, qué decir cuando la materia no es tan evidente. Pensemos de nuevo en el descubrimiento, pero no de algo físico sino de lo que denominaríamos abstracciones complejas, caso de genes o algoritmos. Sin ninguna duda el hallazgo se presentará con su autoría y fecha como una declaración unilateral —y social, si la plataforma en que se anuncia es la adecuada— de propiedad. Propiedad más bien discutible, si tenemos en cuenta que los formalismos y conceptos previos son normalmente una obra cooperativa, fruto, puesto que nos referimos a la ciencia, de un consenso social.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Vuelvo


Que vuelva a escribir...¡Desventurados, caerá la furia de mi vocabulario sobre ellos!

miércoles, 13 de agosto de 2014

Hojarascas pasadas


En 1924, la titánica tarea de rescatar y dar a conocer el importante volumen de textos de Newton por entonces aún desconocidos y de hacerlo además sin desvirtuar su complejo y contradictorio contenido, y sobre todo sin ocultar sus ambiciosas propuestas alquímicas y teológicas, hizo decir a R. A. Sampson, quien veinte años antes había participado en un primer y fallido intento de convertirse en su editor: «Antes de que alguien acometa [esa tarea] debería ver con claridad que emprende un viaje a un pasado completamente muerto y obsoleto en su mayor parte. Un editor debe aceptar que él mismo se verá absorbido en ese mundo difunto durante muchos años. Probablemente nunca encontrará del todo su salida de él».

En aquella charla, Sampson trataba de hacer ver a sus oyentes qué grado de compromiso suponía semejante tarea. Emprenderla requería enfrentarse al Newton hasta entonces conocido y revisar el pasado, que adoptaría, tras los confusos hallazgos previsibles, un tono enteramente nuevo. Ahí el editor debía resistirse al poderoso atractivo de los manuscritos indescifrables, tratando de llevar buen juicio y determinación donde se viera falto de mejor conocimiento. Tanta exigencia no suele ser común, lo común es entregarse a una apresurada búsqueda de referencias en el pasado, aun a riesgo de perderse en él. Pasa tanto entre expertos como entre legos, cuando no es la cómoda presunción en el oficio es la lasitud propia de los años la que invita a dejarse ir. Ante tales advertencias no estaría de más preguntarse: ¿qué esconde ese pasado del que Sampson habla o, más en particular, qué sería trasladable al presente de todo ese fárrago de manuscritos, cartas y apuntes guardado en los archivos newtonianos?, o bien ¿qué parte de esos papeles estamos dispuestos a reconocer como legado memorial de Newton? Admitiendo que el estudioso aventurero regresara con una selección coherente de ese viaje en el tiempo, de ese espacio que a Sampson parecía impenetrable, deberíamos seguidamente preguntarnos si el futuro asumiría esa estimación editorial de los textos, o lo que es lo mismo, si bastaría la certificación académica para convertirlos en valores definitivos del pasado, en literatura perenne.

Lo más probable es que el futuro vea nuestro presente, convertido ya en pasado, como aquel que contempla, al volver la cabeza y mirar atrás, la hojarasca que se extiende y alfombra hasta los más oscuros rincones de su bosque más querido. A la hora de imaginar un retorno urgente desde ese bosque lleno de recuerdos al presente, acuciado por los genios y fantasmas que en esa penumbra aún se mueven, es posible que el caminante se dedique a buscar entre todo ese follaje disperso algún indicio que le señale el camino de vuelta y que pretenda además obtener de cara al futuro certezas, cuando lo más probable es que, aunque llegue a tenerlas ante sí, difícilmente las reconozca. Esta incertidumbre en medio de la hojarasca recuerda a la de quien se ve ante las repletas estanterías de la antigua biblioteca: mira, remira y alimenta así la confianza de que ahí está el libro que le permitirá franquear el muro y salir a un nuevo futuro, pero, por muy convencido que esté de que ese muro contiene la memoria íntegra del pasado, no logrará ahogar la angustiosa sensación de haberse perdido.

La incertidumbre de este anhelante lector no debe ser muy diferente de la que acompaña al caminante en su incursión por el bosque, en particular cuando acogido a la benévola sombra de las arboladas bóvedas reconoce a cada paso, bajo el crujido de las hojas secas, la tímida firmeza de ese mantillo en el que crecen las raíces de toda esa floresta. Porque, más allá de la favorable acogida, por mucho que rastree a ras de suelo, se sabe absolutamente incapaz de adivinar qué hojas de entre las acumuladas en sucesivas añadas han resultado ser las más provechosas e imprescindibles, cuáles han dado el fermento más fecundo, y aún menos de saber, lo que sería un descubrimiento venturoso, dónde se encuentra el germen del frondoso despliegue que le protege. Nada, pues, encuentran sus pasos parecido a un camino que se mueva por las huellas de algún pasado, nada por lo menos bien trazado y definido.

En vista de ello, parecerá inútil ir a hurgar desesperadamente en ese abandonado y mudo depósito de hojarasca, que en algunos trechos se muestra incluso consumido, como una compacta turbera. Aun cuando todo nos parezca ahí visible, llegará también el momento en que desbordados por su abrumador número ni siquiera reparemos entre tantas hojas, por vistosas o singulares que resulten. De hecho renunciaremos pronto a las curiosidades y, buscando crear método, atenderemos tan sólo al estrato que conforman. Pero a ese nivel es imposible descifrar el bosque y su pasado, hay que conformarse con imaginarlo en alguna de sus más frondosas épocas. Y para contarlo, probaremos a lo sumo a entresacar al azar de ese oscuro estrato la hoja que se muestre más llamativa, quizá la más indeleble. A falta de mejor guía, la consagraremos con honores académicos, ante quienes nos esperan ansiosos fuera, como el factor propicio, e incluso el único generador, de toda esa fronda visible y protectora.

Para un observador un poco crítico un hallazgo casual como ese nunca podrá ser una pista concluyente, porque, pese a haber atravesado el bosque y la maraña del tiempo limpiamente y haber llegado hasta nosotros con una hoja entre manos como trofeo, nada nos asegura que esa hoja aporte al futuro claridad alguna sobre lo que en ese pasado se gestó y mucho menos sobre cómo afrontar tras su detenido examen lo que está próximo a llegar. Misteriosamente, cuando esas hojas alcanzan a reunirse, gracias al laborioso afán con que les da brillo un escritor, un erudito o un editor, resurgen ante el visitante de la biblioteca como el libro luminoso y prometedor que tanto andaba buscando. Confiado una vez más, cree que la lectura de esas páginas, llegadas prácticamente del pasado, le servirá de valioso respaldo para avanzar hacia el futuro.

Desgraciadamente el futuro que nos interesa se asemeja más a un cuadro fijo: aprecia sobre todo los frutos que cuelgan impasibles de las ramas, rara vez da crédito a todo aquello cuyo inmediato destino es la descomposición, condenado por su fragilidad al olvido cercano y a su disolución en un pasado homogéneo e indistinto. Esas hojas, que el viento caprichosamente remueve y nos hace llegar, son signos volanderos, pruebas indecisas, testigos inseguros del pasado; son materia demasiado maleable, objeto favorito de fantásticas e intencionadas estructuras venideras, castillos y reinos en la nada, amables sueños del ayer para hoy.

No debe extrañarnos, pues, el claro aviso de Mr. Sampson a cualquier desenvuelto editor que se adentre en esos pasados intrincados, newtonianos o no, erizados de exigentes páginas y oscuros pasajes donde se pondrá a prueba la amplitud de su capaci-dad de comprensión. Tampoco conviene engañarse, porque pocos son los que realmente pueden conseguir integrar en un todo congruente lo que a duras penas abarcan con su casi siempre difusa visión. Algo de visionario ha de tener el que lo intente, porque de lo contrario con qué esperanza de éxito podría enfrentarse al permanente revoloteo entre papeles abstrusos y ardorosos alegatos en materias imposibles. Pero, incluso por muy henchido de esperanza y por muy convencido que esté de su tarea pionera, no será en la mayoría de los casos ese primer aventurero, sino los sucesivos futuros los que irán desmontando los laberintos en que ha quedado encerrado el pasado desafiante. Si aun así acepta alguien el desafío, debe ser sumamente cuidadoso, porque convertido en mero lector, y sin más armas que su dominio del presente, puede verse deslumbrado por el repentino brillo de unas páginas cuyos reflejos remiten a nuevos escenarios aún más portentosos. Así que, en cualquier caso, debería tener bien presente que es fácil quedar atrapado en medio de referencias y remisiones, y que caminando por esos vericuetos laberínticos el tiempo fácilmente se engolfa.


miércoles, 23 de julio de 2014

Pasado y futuro


La idea de que nada hay mejor que la educación para modelar nuestro futuro común es bastante engañosa. En materia de educación el futuro es bien distinto según sea visto por un maestro o por su discípulo. En el caso del maestro, la visión del futuro se obtiene a base de proyectar sobre un tiempo lineal una escogida parte de la memoria social, en concreto aquella que se cree especialmente útil para tiempos venideros. Ese memorable y magistral pasado sirve a su vez, tras ser proyectado con su oficio educativo, para reconstruir sólidamente en los discípulos un tiempo nuevo. Lamentablemente el tiempo así forjado sólo les pertenece a los alumnos, aunque únicamente en la medida en que lleguen a asimilar el proyecto. A diferencia de ellos, el maestro nunca consigue desligar su tiempo nuevo de la huella del pasado, un espacio en que los objetivos logrados alternan y quedan deslucidos por los fallidos. Es consciente de que cada uno de esos objetivos vino precedido de alguna elección pedagógica basada en razones que con el paso del tiempo se han acabado por revelar azarosas e inconclusas. Por eso mientras el discípulo ve el tiempo como un motor de sus aspiraciones, como un vector que sólo mira al futuro, el maestro, que arrastra ya un pasado, tiende a ver el tiempo como una inagotable fe de penosos errores. Ese registro sobrevuela y empequeñece su futuro, que sobrevive, en el mejor de los casos, gracias a los éxitos de sus discípulos. En estas circunstancias, cualquier elogio de su buen hacer quiere ser un bálsamo, en tanto que busca disolver ese tiempo tortuoso en un presente agradecido, aunque ese bálsamo resulte finalmente perverso y nos invite más bien a un reparador olvido. Mirando desde el presente, todo parece quedar resumido en que el alumno brillante es un éxito que representa el acierto del pasado y el maestro es un maltrecho vehículo, tan atascado en despejar sus viejos errores que carece de futuro. Con tono aforístico describía Brecht este rasgo tan típico del maestro en una de las muchas anécdotas atribuidas al señor Keuner: «Al enterarse de que sus antiguos pupilos le elogiaban, comentó el señor K.: "Cuando los discípulos ya hace tiempo que olvidaron los errores de su maestro, éste aún los recuerda"».

domingo, 23 de marzo de 2014

Ciudades ilustradas


Hacía tiempo que unas ilustraciones no me encandilaban tanto. Por eso me animo a compartirlas, como si se tratara de un afortunado hallazgo. Puede que no esté a la última, seguramente ni a la antepenúltima, en esto de la ilustración, pero es mucho lo que nos llega a través de anuncios y revistas, así que a la fuerza algo ya sabemos y las ilustraciones que veo normalmente las encuentro casi siempre manidas y convencionales. No es ese el caso de estas de Sam Van allemeersch. Pongámoslo como el último en esa larga tradición de la pintura flamenca, que de su mano, si es verdad que la pilota, recibe un terrible giro de timón.

De las dos muestras que tengo una es tirando a convencional, a menos que le atribuyamos cierto tono metafórico, en cuyo caso resulta un poco más inquietante. El sujeto trajeado que, vigilante y montado en ese tablero que se desintegra, sobrevuela una ciudad que amenaza ruina es algo así como la representación del factotum actual. Cada cual puede verlo como quiera, pero pasando del sueño a la pesadilla quizá quiera ser una versión gráfica y actualizada de Aladino y su alfombra mágica.



La segunda me resulta aún más interesante. Aquí no hay evocaión, el ambiente es realmente de pesadilla. El cielo más que plomizo resulta desgarrador. El cromatismo que envuelve la ciudad es tormentoso y feroz. El paisaje humea y delira bajo el signo del desasosiego. La inminente tragedia desemboca en la Biblia, pero no como un apocalipsis trágico sino con una extraña alegoría. Quienes llegan a la ciudad por encima de cadáveres, mares y desiertos resultan ser los mismos que huyeron a Egipto en el Nuevo Testamento. Se me escapa el significado final y sobre todo el tono, pero algo tiene que ver, atendiendo a las chumberas, con el espíritu del emigrado. Un destino cruel, quizá un sarcasmo, venir a refugiarse en esa ciudad siniestra.



Por otro lado, todo ese colorido a base de contrastes brutales, con esos grises tintados, me recordaba a los expresionistas, en concreto a Otto Dix. Dicho así, a bote pronto, parece un poco aventurado, pero no creo haberme equivocado demasiado. Al repasar los trabajos que expone en su web, http://www.sovchoz.be/, creo verlo confirmado. Si las formas plásticas describen el signo de los tiempos, a través de esa galería uno tiene la impresión de que son bien sombríos los que nos esperan. Ahí las ciudades no están sublimadas y fundidas en elegante negro gótico, al estilo de aquella Gotham de Batman, estas son bastante más reales y sórdidas. A falta de héroes y villanos, son esos odiosos personajes comunes y ruines que las habitan los que las convierten en entornos corrosivos y a la larga asfixiantes.


sábado, 22 de marzo de 2014

Matar el rato


Ni la mejor butaca vale para matar fríamente un rato, por muy malo que sea. Cuánto más si se trata de un tiempo inútil y condenado de antemano. Hacerlo desaparecer entre cojines sería casi como un absurdo asesinato. Al hablar de tiempo muerto también nos equivocamos. No es fácil que despiertos a la vida reconozcamos esa pérdida de pulso. La idea es más bien distraer el tiempo antes de que, falto de acción que lo entretenga, nos domine y ahogue. Ahí la duración apenas importa. Basta un instante para acabar sobrecogido y dominado por el tiempo, para quedar enganchado al hilo. Matar el rato es siempre un espejismo, algo así como una gélida ilusión. No por innecesarios pasan esos ratos vacíos a ser imposibles. Lo normal es que sigan vivos, posiblemente sin imponernos exigencias, pero poco dispuestos a morir. Incapaces de matarlos, sentimos que se prologan y conviven con nosotros hasta que se mueren, soportando la pequeña historia como si la portáramos en nuestros tensos y desfallecidos brazos.


viernes, 7 de marzo de 2014

Hojas sueltas


Han quedado sobre mi mesa media docena de hojas secas, alguna espléndida, del último otoño. No sé con qué propósito las cogí ni para qué las metí en una bolsa de plástico, pero ahí están cuidadosamente guardadas como si esperaran algo. Las del roble y el espino siguen verdes, la del arce es rojiza y la del gingko es de un amarillo profundo. Por falta de color no queda. De vez en cuando me agrada mirarlas, observar los detalles, la nervadura, los lóbulos, el tallo, el tono mate del envés. Suelo recordar dónde las cogí, pero ni aun así consigo reconocer si hubo o no algún fin. En esto no parece que haya mucha diferencia con las que escribo. Estas van quedando almacenadas sin quedar permanentemente expuestas a mi vista. A diferencia de aquellas no son indelebles, cualquier mirada me invitaría a animarlas con el color del día.