sábado, 7 de octubre de 2017

Llegan los matones


Uno podría pensar, habida cuenta de la gravedad de la situación en que nos movemos, que lo que más debería de prodigarse en la prensa, por pura necesidad, es un flujo imparable de ideas, un debate en definitiva sincero y abierto, destinado a darle la vuelta y a llevarla camino de alguna solución. Por contra, con lo que habitualmente nos encontramos es con toda una caterva de graciosos que transita dominante e insensible por las orillas de una peligrosa e imparable corriente de emociones. Lejos de entender o de discernir ahí algo, el gracioso se limita a contemplar divertidamente cómo otros muchos se ahogan en ella sin concederles socorro ni perdón. A lo sumo concederá que no es momento para el drama y que para la visión desenfadada, en este caso hecha de pura burla, siempre debería haber ocasión. Es muy propio de quien aúna en una misma persona servilismo, ruindad y gracejo sacar en estos casos la herramienta con la que siempre levantan aplausos: una larga pértiga con la que se afanan en someter al que malamente flota a una prolongada y, a ser posible, definitiva inmersión. Si les preguntas en qué contribuye a mejorar las cosas ese género de burla y humillación, te sorprenderá con alguna sonrisa sardónica en la boca, al tiempo que sentencia mirando obediente al amo: «ése no era de los nuestros, no lo queremos a flote, jamás toleraremos su traición».

Leo como de refilón, por no pringarme demasiado, a un afamado columnista y locutor. A las pocas líneas sucede lo que esperaba: sus pobres y destemplados argumentos empiezan a ceder ante el tremendo peso de sus sonoros y reiterados descalificativos. Que si «los muy imbéciles», que si «qué se creían estos», que si «les estará bien empleado», todo ello aupado en una fanfarronería propia del matón que conoce de sobra su ventaja. Leyéndole a él y a otros de los que se apresuran a poner su pica bien afilada en la herida, parece que han intuido próxima su hora de gloria. Será mejor para ellos que el osado y desventurado acabe en cadáver, para que haya algo que repartir, aunque sólo sea un reloj, un jersey o una corbata. En medio de tanta miseria moral, da la impresión de que lo que se avecina es la hora de todos estos matones que aprovechan su púlpito para señalar la presa así como de aquellos otros que astutamente venían listando agravios para pasar a cobrar el día de la victoria. Hablo de esos valentones que salen después de la refriega a apuntillar a los heridos para poder así después manejarse como héroes y colgarse refulgentes medallas. Hoy solo escriben desde sus torres, mañana bajarán al campo, a batalla concluida, para recibir los honores que por sus reiteradas chanzas, sus elocuentes insultos y su despejada capacidad para el choteo sangrante entienden que les corresponde.


jueves, 5 de octubre de 2017

El vocero flauta


En público y en pleno fragor de la batalla mediática en torno a Cataluña, un ministro del gobierno le ha puesto al enfrentamiento un punto de asombrosa candidez, o de sencilla estupidez, quién sabe, al decir lo siguiente: «España es un país muy grande y bueno, que está compuesto por muchas regiones con mucho poder y cariño y nosotros nos queremos entre todos los españoles y tenemos alguna divergencia que, mediante diálogo, se tendría que solucionar».

No me hago del todo cargo de a qué clase de público se dirigía. A juzgar por el mensaje, se diría que iba destinado a párvulos o que era la parte mollar de la homilía que escuchó el domingo en misa. Decir que España es un país grande es una afirmación relativa e irrelevante si no se señala qué país se considera como referencia de grandeza; decir que es un país bueno no sólo es afirmación moralmente irrelevante sino improcedente considerando el dominio y el público que abarca. A ver, no digo que no haya algún átomo de bondad suelto, pero el conjunto dista mucho, bajo cualquier parámetro moral, de ser ejemplar, a menos que hayamos de considerar ser bueno como un rasgo patriótico incuestionable y fundamental. 


Lo que viene a continuación sobre ese poder de encariñarse del que están dotadas sus regiones carece de cualquier refrendo empírico, ya que si ya el cariño en general tiene difícil medida, el regional me temo que mucho más. Pongamos, no obstante, que en la mayoría de las regiones ha ido quedando un poso final de cariño hacia sus pobladores. No debe ser mucho o no es el suficiente como para advertirlo, porque se observa más bien tendencia a fomentar hacia adentro y hacia afuera un decidido menosprecio y agresividad, tanto a nivel de provincias como de comunidades autónomas, llámense éstas regiones, nacionalidades, reinos, virreinatos, protectorados o territorios de ultramar. Ninguna de ellas se salva de esta tendencia, de la que se puede además certificar su profundo arraigo histórico.

Enfilando la recta final, nos encontramos con que, por lo visto, aunque a nivel individual nos mostremos ariscos, en cuanto hacemos piña como región nos convertimos en un colectivo gentil, afable y hasta amoroso. No puede negarse que, como es normal entre quienes de verdad se quieren, siempre hay lugar para alguna cosilla, para reticencias y desavenencias menores. Incluso a veces mandamos los guardias de una región a otra para que aporreen a sublevados o mansos con idéntica piedad. Pero es lo que pasa con los grupos vociferantes y sus próximos, que no pueden considerarse propiamente miembros honorables cuando, por principio, cualquier región es cariñosa con las demás. No obstante, el ministro está absolutamente en lo cierto al decir que en tales casos no hay nada que el diálogo de sordos no pueda solucionar.

miércoles, 4 de octubre de 2017

La dramática unidad


En realidad, siempre hay partes y puede que no sean meros apéndices sino partes activas o incluso, por qué no, actores con criterio propio. Pero ¿partes de qué? Pues digamos, para no forzar las cosas, que de un todo. De un todo que debería de salir presuntamente fortalecido de la unión, de la concurrencia de todas las fuerzas componentes. Lo que pasa es que entre todas ellas siempre aparece también una parte con pretensiones hegemónicas, una parte empeñada en distribuir el juego, una parte a cuyos ojos las demás sólo son su mera prolongación. Visto desde cada una de esas partes el todo no deja de ser uno, si bien es verdad que en cada caso ese uno aparece como algo bien distinto. No existe, pues, una percepción única y homogénea del todo. Lo que sí puede que haya en algún momento es unidad de intención. Pero, en principio, esa diversidad de visiones de parte debería impedir que una de ellas pueda llegar a atribuirse primacía en lo que es común.


Todas las partes, en tanto que actores, deben admitir que es necesario un equilibrio para que el todo no quede en entredicho. En ese marco de percepciones y enfoques múltiples, el equilibrio representa un principio mínimo, un principio que garantiza la existencia del todo y sin el cual cualquiera de las partes puede libremente revertir su compromiso. Cuando, pese a que una intención similar parece animar a todas las partes, las acciones por ellas emprendidas no son ni complementarias ni coherentes ni acordadas, es difícil que haya objetivos y resultados que describan la acción común de ese todo y es imposible que se le pueda conceder al todo la cualidad del uno. En esas condiciones, actuar se convierte en un drama permanente y compartido. Por eso es mejor que cada parte cargue con su drama propio, sin añadir al de los demás un motivo suplementario y sin obligar a todos a sufrir conjuntamente. Porque de lo que no cabe ninguna duda es de que sufrir ese drama todos unidos viene a ser el modo más perverso de disfrutar de una unidad ficticia.

martes, 3 de octubre de 2017

Ante la gravedad de los hechos


Un suceso grave siempre nos invita a tomar nota. A partir de ahí es muy diferente escribir sobre lo que pasa siguiendo la rutina de siempre que intentar explicarse lo sucedido tras verse reclamado con urgencia ante algún cambio inminente. En el primer caso uno cree que bastará con detallar al pormenor las anomalías subsanables para que todo siga su curso, mientras que en el segundo lo más probable es que busque con sus palabras soluciones como últimas salidas de emergencia.

lunes, 2 de octubre de 2017

Darnos tormento


Unusual cloud formation appears over Barcelona,
Foto del Daily Telegraph de 15/8/2015
Normalmente nadie confunde unas imágenes tormentosas con una tormenta de imágenes. Eso sería tanto como confundir el tormento y la tormenta. Pero es que, además, por tratarse de imágenes, la tormenta o el tormento provocan un impacto visual, cuyo reflejo emocional es en ambos casos bien diferente. Si prestamos un poco de atención, fácilmente se aprecian las diferencias. Las imágenes tormentosas vienen a oscurecer momentáneamente nuestras expectativas, nublan ese cielo que nos alumbra y hacen que sobre nuestras cabezas se ciernan sombras siniestras. Con ellas nuestro ánimo se encoge y pasa a resguardarse bajo un grueso caparazón para no dejarse ir uno a pique mientras duran. Con la tormenta de imágenes, sin embargo, el impacto es mucho más directo. Por agradables que sean estas, el vaivén es tan constante que nos sentimos vapuleados, sin opción a que nuestra mirada encuentre reposo en un rostro, en un objeto o algún punto confortable del conjunto. La dinámica arrolladora de las sucesivas imágenes no permite ni mantenerse mentalmente en pie, ni observar, ni calibrar, ni reflexionar.

Si hubiera que reflejar con una sola palabra las diferencias, diría que, mientras las imágenes tormentosas asustan, la tormenta de imágenes aturde. Es verdad que en ambos casos uno tiende a sentirse paralizado por todo lo que va viendo: en el primer caso, estaríamos ante una turbación creciente que va infiltrándose y dominándolo a uno; en el segundo, es una perturbación reiterada del escenario, una especie de parpadeo cegador, lo que anula su capacidad de respuesta. Queda por responder cuál sería el efecto del caso más actual, el de la tormenta de imágenes tormentosas. Para hacernos una idea debería bastarnos con partir de nuestras propias impresiones: la parálisis está obviamente asegurada, pero en el interior de uno hierve un sentimiento terrible, mezcla de rabia y temor, que posiblemente acabe por liquidar esa parálisis, aunque sin dejar espacio suficiente para encontrar, tras el estallido, una mínima satisfacción en la razón.


domingo, 1 de octubre de 2017

Piromanía política


Arte de argumentar con sentimientos inflamables en beneficio propio que habitualmente deja a su paso tierra quemada y al público resentido y escaldado por su ilógica.

Sombras de futuro



En el futuro, el problema principal no será tener que enfrentarnos a las virtualidades de los autómatas, puede que sea un problema mucho mayor que, a fuerza de ir haciendo menos manifiestas nuestras emociones, nos vayamos pareciendo cada vez más a ellos.